El Hermano Jacob

El Hermano Jacob

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Una comida abundante a mediodía para Jacob, pero escasa para él, ya que tenía poco apetito. En lugar de comer, se dedicó a hacer que Jacob bebiera cerveza; porque, a través de su generosidad, divisaba una esperanza. Jacob cayó profundamente dormido, por fin, y esta vez no estrechó a David entre los brazos; éste pagó la cuenta, cogió el hatillo y se marchó. A la media hora estaba en la diligencia que llevaba a Liverpool con la sonrisa de un perverso triunfante. Se había librado de Jacob, iba camino de las Indias, donde una crédula princesa lo esperaba. No robaría nunca más, pero tampoco lo necesitaría; quedaría tan claro que los merecía que la gente le haría regalos de buen grado. Debía olvidar ya la idea de heredar de su padre, pero no era probable que deseara esa nimiedad; y, aunque quisiera, caramba: era ya una compensación pensar que, separado de su familia, estaría alejado de Jacob, más terrible que una gorgona o demogorgona[6] para sus temerosos ojos. ¡Gracias a Dios, nunca tendría que volver a ver a Jacob!







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