El Hermano Jacob

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Dado que éste era el punto de vista predominante entre los comerciantes de Grimworth, la incertidumbre sobre la naturaleza del negocio que el cetrino desconocido estaba a punto de emprender en la tienda vacía reforzó, en cierta medida, los temores de los menos optimistas. Si iba a vender tejidos, era probable que un individuo pálido como aquél trabajara con artículos chillones y de poca calidad: algodones estampados y muselinas que dejarían el tinte en la tina de lavar, e hilo mediocre, lleno de nudos, y franela que no tardaría en parecer gasa. Si de comestibles se trataba, entonces era de esperar que ninguna madre de familia confiara los tés a un tendero que no hubiera puesto a prueba. Se había sabido que, en algunas parroquias, los comerciantes promocionaban sus productos con ases escondidos en la manga: cuando la gente venía de no se sabía dónde, no había manera de saber qué podían llegar a hacer. Era una pena que el señor Moffat, el subastador y agente comercial, hubiera muerto sin haber dejado sucesor en el negocio, y el fideicomisario de la señora Cleve debería haber sido más sensato y no haberle alquilado la tienda a un desconocido. Ni siquiera el descubrimiento de que se estaban instalando unos hornos en el local y que la tienda se estaba adaptando para convertirse en un negocio de pastelería y repostería, hasta la fecha desconocido en Grimworth, fue suficiente para inclinar la balanza en favor del recién llegado, aunque la tabernera del Woolpack lo defendiera calurosamente y dijera que le parecía un joven muy inteligente y, por lo que podía deducir, de muy buena familia; en realidad, seguro que mejor que la de muchos otros.


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