El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Sin duda, fue todo un despliegue de luz y color, casi como si un arco iris hubiera bajado repentinamente a la plaza del mercado, cuando, una buena mañana, quitaron los postigos de la nueva tienda y los dos escaparates mostraron sus adornos. A un lado estaban los abigarrados matices de las carnes atadas y mechadas, dispuestas junto a brillantes hojas verdes, el castaño claro de las empanadas glaseadas, los ricos tonos de las salsas y las frutas en conserva, encerradas tras un velo de cristal: un conjunto que habría hecho brotar lágrimas de los ojos de un pintor holandés; y, por otra parte, predominaban los más delicados rosados, blancos, amarillos y ocres en los abundantes caramelos, golosinas, galletas y baños de azúcar que, a los ojos de una persona biliosa, podrían haberse fundido rápidamente en un paisaje feérico al estilo de la última época de Turner. ¡Qué espectáculo para los ojos de los niños de Grimworth! Aquel día casi se les olvidó ir a comer, ya que sus apetitos estaban absortos en imaginarios confites de ciruela; y me parece que, aunque el mismo Polichinela hubiera instalado su templete en la plaza del mercado, no habría conseguido apartarlos de los escaparates, ante los que se habían detenido en una gradación de estatura y fuerza, ya que los más grandes y fuertes estaban más cerca, y los pequeños, en las filas extremas, desde donde alzaban los ojos y la boca bien abiertos hacia las altas hileras de jarras, como pajaritos a la hora de comer.