El Hermano Jacob

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Fuera en recompensa de tal virtud o de acuerdo con algún orden lógico más oculto, el negocio del señor Freely, a pesar de los prejuicios, empezó con auspicios favorables. En gran medida, gracias a que la señora Chaloner, la esposa del párroco, fue una de las primeras clientes de la tienda, ya que le pareció justo animar a un nuevo parroquiano que se había presentado decorosamente en la iglesia; y le pareció que el señor Freely era un joven encantador y cortés, y sorprendentemente civilizado para tratarse de un pastelero; y, además, con buenos principios, pues al darle útiles consejos sobre los distintos tipos de azúcar le había dejado ver con detalle la falta de honradez de otros comerciantes. Por otra parte, había estado en las Indias Occidentales y había visto la mismísima finca que fuera propiedad del pobre abuelo de la señora Chaloner; y había dicho que los misioneros eran la única causa del descontento de los negros: sin duda, era un joven observador. La señora Chaloner pidió galletas de vino y aceitunas, y dio a entender al señor Freely que su tienda le parecía muy conveniente. Lo mismo hicieron la esposa del doctor y la señora Gate, la del gran molino de cardadura, que, puesto que recibía visitas frecuentes de amistades de categoría, probablemente consumía grandes cantidades de ratafías y mostachones.



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