El Hermano Jacob

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Tal era el sofisma que seguía el razonamiento de esta joven equivocada. La señora Steene mandó a buscar las empanadas y, siento tener que añadir, embarulló las cuentas de la casa para ocultar el hecho a su marido. Ese fue el segundo escalón que bajó en su camino de descenso, y todo porque la joven no se encontraba en armonía con sus circunstancias, ansiaba la presencia de renegados y bulbules y se veía sometida a las exigencias de un veterinario al que le gustaban las empanadas de carne. El tercer escalón consistió en endurecerse contándoselo todo a la señora Mole, su amiga íntima, que ya lo había adivinado y que ulteriormente, con el razonamiento de que «otras personas» lo hacían, la animó a comprar la gelatina en molde en lugar de poner en práctica sus habilidades. La infección se fue propagando; no tardó en formarse una camarilla en Grimworth partidaria de «comprar en Freely»; y muchos maridos, a los que se tuvo en la oscuridad sobre este punto durante cierto tiempo, comían a dos carrillos inocentemente tartas por las que pagaban un beneficio del cien por cien y, con la misma inocencia, estimulaban la falsedad en sus medias naranjas alabando la repostería. Otros, más astutos, guiñaban el ojo ante la frecuente aparición, en los días de lavado o en las cenas improvisadas, de una sabrosa carne de ternera que halagaba su paladar más que los restos fríos con los que se contentaban antes. Toda ama de casa que «hubiera comprado en Freely» sentía una alegría secreta cuando detectaba similar perversión en sus vecinas, y pronto sólo dos o tres matronas a la antigua se mantuvieron firmes en la protesta contra la progresiva pérdida de moral, y anunciaban a los vecinos que iban a cenar a su casa: «No puedo ofrecerles carnes de Freely, o pasteles de queso de Freely; en nuestra casa todo es casero; no sé si será de su gusto esta repostería sencilla». Incluso el médico, cuya cocinera no era competente; el coadjutor, que no tenía cocinera; y el agente de minas, que era un gran bon vivant, empezaron a confiar en Freely para gran parte de sus cenas cuando deseaban ofrecer una invitación de cierta calidad. En definitiva, el negocio de la fabricación de los manjares más caprichosos estaba pasando rápidamente de las manos de doncellas y amas de casa, en el seno de la familia, a convertirse en una especialidad comercial.


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