El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Sin duda, este resultado también contradecía las expectativas de David. Como bien sabrás, había albergado esperanzas de tener una carrera brillante entre «los negros»; pero fuera porque habían visto ya demasiados hombres blancos o por cualquier otro motivo, no lo reconocieron de inmediato como un ser humano de categoría superior; además, no había princesa alguna entre ellos. En Jamaica nadie deseaba mantener a David por el mero placer de su compañía; y los méritos ocultos de un hombre que tan bien los conoce se apreciaban tan poco allí como en la decadente sociedad del Viejo Mundo. De manera que con las oscuras insinuaciones que lanzaba David en el Oyster Club sobre la vida de placeres sultánicos que había llevado en las lujosas Indias, a mi parecer, en realidad, no se hacía ningún bien; según creo, tuvo que trabajar para ganarse el pan y volvió a cocinar, ya que, al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Había tramado varios planes ingeniosos para burlar a personas de gran fortuna y escasas facultades; pero nunca encontró ni a las personas adecuadas ni las circunstancias oportunas. Las artimañas de David para enriquecerse sin trabajar al parecer no guardaban relación con el mundo que lo rodeaba, a diferencia de las recetas de pastelería. Es posible dar por buenas muchas monedas malas de medio penique o de media corona, pero me parece que no se conoce el caso de que se haya dado por medio penique o media corona un soberano. Un tahúr puede hacer buenos negocios en este mundo: es innegable que puede llegar a tener una buena carrera, si se atreve a desafiar las consecuencias; pero David era demasiado tímido para ser un tahúr o aventurarse en ningún sentido entre las trampas de la ley. No se atrevía a robar a nadie más que a su madre, de manera que tuvo que replegarse en su valor personal y conformarse con dar de vez en cuando medio penique falso o, para hablar con más precisión, pasar por buen cocinero y repostero. Porque, a pesar de algunas lecturas y observaciones, no podía conseguir dinero de otro modo; más aún, incluso encontró en sí mismo la capacidad de extender su habilidad en esta dirección y ocuparse de toda forma de cocina; mientras tanto empezó a advertir que no era capaz de brillar en otras ramas del trabajo humano. El Destino era demasiado fuerte para él; había creído que podría dominarlo y para ello había cruzado el mar; pero el Destino lo atrajo, le ató un delantal y, tras arrebatarle otros recursos, lo puso a cocinar pasteles y pastas en una cocina de Kingston. Empezó a mostrarse sumiso con él, puesto que lo recompensaba con ganancias aceptables; pero las calenturas y las fiebres miliares, y otros males que aquejan a los cocineros en los climas ardientes crearon en él ansias de regresar a su tierra natal; de manera que tomó de nuevo el barco con los ahorros de seis años, esta vez con una idea clara de cuáles eran las intenciones del Destino respecto a su carrera. Si se me pregunta con insistencia si todo el dinero con el que se había instalado en Grimworth procedía de puros y simples ahorros, me veré en la necesidad de confesar que obtuvo algunas cantidades gracias a su caritativo silencio sobre algunas fechorías ajenas. En conjunto, puesto que su apellido no iba asociado a ninguna perspectiva prometedora, y puesto que un nuevo bautismo parecía un buen principio para una nueva vida, David Faux consideró oportuno llamarse a sí mismo Edward Freely.