El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Como bien sabrá el lector, David contaba con que lo desheredaran; y así habría sido si no hubiera nacido, como tantos otros hijos indiferentes, de padres buenísimos, cuya conciencia los hacía escrupulosos ahí donde personas mucho más instruidas se sienten justificadas con frecuencia para dejarse arrastrar por la indignación. La buena de la señora Faux nunca pudo olvidar que había traído a ese hijo mal preparado a un mundo en ese estado total de indefensión que excluía cualquier elección por su parte; y, de un modo u otro, tenía la sensación de que el hecho de que anduviera por mal camino sería culpa de su padre y de su madre si se apartaban, por poco que fuera, de sus deberes de padres. El concepto que tenía de estos deberes no era muy elevado ni sutil, pero incluía darle la parte que le correspondía de la prosperidad familiar; porque cuando un hombre posee un poco de dinero honrado, ¿acaso es probable que robe? Dejar al hijo delincuente sin un chelín era como entregarlo a sus malas tendencias. No; era mejor restar de su parte las veinte guineas que había robado y sumar las tres que su madre siempre había considerado que le correspondían; y, aunque se había escapado y, tal vez, había huido allende los mares, era preferible que, a pesar de todo, se le concediera el dinero y quedara en reserva para su posible regreso. El señor Faux estaba de acuerdo con la opinión de su mujer y escribió un codicilo a su testamento con tiempo suficiente para morir con la conciencia tranquila. Sin embargo, durante mucho tiempo su familia creyó que, probablemente, David nunca volvería a aparecer; y el hijo mayor, que tenía a Jacob a su cargo, pensaba con frecuencia que era un poco injusto que tal vez David estuviera muerto y, no obstante, al no estar su muerte confirmada, su herencia no llegara a su heredero legítimo. Pero, en este estado de cosas, un vecino aportó el testimonio contrario —es decir, que David estaba todavía vivo y en Inglaterra— al asegurar que, durante un viaje a Cattleton, lo había visto en una calesa conducida por un hombre recio sentado a su lado. Podía «jurar que era David», aunque «no podía saber por qué, puesto que no tenía señal distintiva alguna; pero tampoco las tenía un perro blanco y eso no impedía que la gente lo distinguiera de otro perro blanco». Fue este incidente el que había conducido al anuncio.