El Hermano Jacob

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Cuando un hombre no es apreciado adecuadamente en su país o no se encuentra cómodo en él, sus pensamientos tienden a buscar, de manera natural, climas extranjeros; y la imaginación de David no cesaba de girar en torno a los confines de sus conocimientos geográficos, buscando un país en el que un joven caballero de tez pálida, boca sin labios y cabello corto y grueso pudiera ser recibido con el hospitalario entusiasmo que tenía derecho a esperar. Dado que tenía la idea de que América era un continente con mayoría de población negra, le pareció el destino más propicio para un inmigrante que, para empezar, poseía el notorio y fácilmente reconocible mérito de la blancura; y esta idea fue tomando posesión de él con tanta fuerza que Satán aprovechó la oportunidad para sugerirle que podría emigrar en circunstancias más cómodas si se hacía con un poco de dinero de la caja de su patrón. Pero este espíritu maligno, cuyo entendimiento ha sido, a mi entender, sobreestimado en muchas ocasiones, en ésta le hizo perder el tiempo. Sin duda, a David le habría gustado tener algún dinero de su amo en el bolsillo, si hubiera estado seguro de que el amo sería el único en sufrir las consecuencias; pero era un joven prudente y estaba decidido a no correr riesgos por cuenta propia. De manera que siguió en su puesto durante todo el aprendizaje sin incurrir en ninguna falta de honradez que pudiera ser descubierta, y postergó el plan de emigrar a una ocasión futura. Y las circunstancias en las que lo llevó a cabo fueron las siguientes. Tras pasar en casa un par de semanas compartiendo el pan familiar, empleó el tiempo libre en evaluar un hecho que, para él, era de extrema importancia: a saber, que su madre tenía una pequeña cantidad de guineas ahorradas con esfuerzo, producto de las ganancias extraordinarias recibidas cuando era doncella, y que las guardaba en el rincón de un cajón, donde su ajuar infantil llevaba veinte años, desde que su hijo David empezara a andar, con una vaga promesa de llegar a ser patizambo que no se había cumplido por entero. Faux padre había dicho a su hijo con franqueza que no esperara de él que lo introdujera en el mundo de los negocios: dado que tenía siete hijos y uno de ellos era un idiota muy sano y bien desarrollado que consumía a diario masas de unas ocho pulgadas de diámetro, mucho sería si a su muerte heredaban cien por cabeza. En esas circunstancias, ¿qué podía hacer David? Sin duda, era una situación difícil la de verse obligado a coger el dinero de su madre; pero no veía otra manera de conseguirlo, y no era razonable esperar que un joven con sus méritos tuviera que afrontar dificultades que podían soslayarse. Además, tomar algo que pertenece a tu madre no es robo: ella no te denunciará. Y David se portaba muy bien con su madre; la consolaba hablando bien de sí mismo, asegurándole que nunca caería en los vicios que veía en otros jóvenes de su edad y declarando que era especialmente partidario de la honradez. Si su madre le hubiera dado veinte guineas como premio a su noble carácter, seguro que no se las habría robado y la situación habría sido mucho más agradable para él. Sin embargo, para una cabeza activa como la de David, la astucia no carecía de encanto: era una ocupación francamente interesante la de familiarizarse furtivamente con las muescas de la sencilla llave de su madre (en nada parecida a las de la patente Chubb) y hacerse con otra que realizara la misma función; y, al mismo tiempo, idear una pequeña argucia dramática a fin de escapar a toda sospecha y no poner en peligro el centenar que podría llegar a cobrar a la muerte de su padre, y que le sería bien útil en el improbable caso de que no amasara una gran fortuna en las Indias.


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