El molino de Floss

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—¡Por Dios! ¿Cómo puedes decir eso, Tulliver? —exclamó la señora Tulliver, sobresaltada ante aquella belicosa retórica—. Pero ya sé que hablas sin respeto de mi familia, y mi hermana Glegg m’echa a mí toda la culpa, aunque yo soy más inocente que una criatura recién nacida. Nadie me ha oído decir nunca que no fuera una suerte para mis hijos tener tíos y tías que no dependen de nadie para vivir. De todos modos, si Tom va a ir a un nuevo colegio, me gustaría poder ocuparme de lavarle la ropa y remendarla; si no, podría tener la ropa blanca de calicó, ya que antes de media docena de lavados estaría tan amarilla como la otra. Y así cuando vayan y vengan los paquetes, podré enviar al muchacho un pastel, o una empanada de cerdo o alguna manzana, porque no le vendrá mal algo, bendito sea, le den mucho o poco de comer. Mis hijos tienen para comer como el que más, gracias a Dios.

—Bueno, bueno, no lo enviaremos tan lejos que no llegue la carreta del recadero, si es posible —contestó el señor Tulliver—. Pero no pongas palos en la rueda por culpa del lavado si no encontramos un colegio cerca. Ese es el defecto que yo te veo, Bessy: encuentras una piedra en el camino y crees que no puedes seguir alante. No me dejarías contratar a un buen carretero si tuviera un lunar en la cara.


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