El molino de Floss
El molino de Floss El señor Tulliver hablaba con su esposa, una linda mujer rubia tocada con una cofia en forma de abanico. (Me asusta pensar en el tiempo transcurrido desde que se llevaron esas cofias: no tardarán mucho en volver. En aquel momento, cuando la señora Tulliver frisaba los cuarenta, eran novedad en Saint Ogg’s y se consideraban bonitas).
—Bien, Tulliver, tú sabes más que yo. No tengo nada que ojetar. A lo mejor podrÃa matar un par de pollos e invitar a los tÃos y tÃas a comer la semana que viene, para que oigas lo que mi hermana Glegg y mi hermana Pullet tienen que decir sobre esto. ¡Hay un par de pollos muy a punto!
—Puedes matar todas las gallinas del gallinero si quieres, Bessy; pero no preguntaré a ningún tÃo ni a ninguna tÃa lo que debo hacer con mi propio chico —contestó el señor Tulliver con aire de desafÃo.