El molino de Floss
El molino de Floss Además, dado que los preparativos para una visita constituían siempre un asunto muy serio en la familia Dodson, Martha tuvo que recoger el cuarto de la señora Tulliver una hora antes que de costumbre para que el momento de sacar las mejores ropas no se retrasara, como sucedía algunas veces en familias con criterios laxos en las que las cintas no se enrollaban nunca, apenas había nada envuelto en papel de seda y se consideraba normal tratar de cualquier modo la ropa de los domingos. A las doce, la señora Tulliver llevaba ya el traje de las visitas con una bata de holanda de color pardo, como si fuera un mueble tapizado en raso protegido de las moscas, y Maggie fruncía el ceño y se retorcía como si intentara escapar del más áspero cuello de encaje mientras su madre la regañaba.
—Quieta, Maggie, no hagas eso. ¡No hagas muecas!
Las mejillas de Tom brillaban en agradable contraste con su mejor traje azul, que lucía con adecuada calma después de conseguir, tras una pequeña lucha, su objetivo principal cuando cambiaba de ropa: traspasar todo el contenido de los bolsillos cotidianos a los que llevara puestos.