El molino de Floss
El molino de Floss La carrera pronto la dejó sin aliento, pero cuando Tom regresó al estanque, Maggie se encontraba tres largos campos más allá, al borde de un camino que llevaba a la carretera principal. Se detuvo para recuperar el aliento y se le ocurrió pensar que aquello de huir no era muy agradable, por lo menos, antes de llegar al terreno donde se encontraban los gitanos, pero su decisión no flaqueó: cruzó la puerta de la verja y entró en el camino sin saber adónde conducía, porque nunca había pasado por allí cuando viajaban del molino de Dorlcote a Garum Firs, y se sintió más segura al pensar que así no sería posible que la alcanzaran. Pronto advirtió, no sin temor, que se acercaban dos hombres por el camino que se extendía ante ella: demasiado ocupada con la idea de que los conocidos fueran tras ella, no se le había ocurrido la posibilidad de encontrarse con desconocidos. Eran dos impresionantes individuos de aspecto andrajoso y rostro coloradote; uno de ellos llevaba un hatillo colgado de un palo sobre el hombro: pero para su sorpresa, aunque Maggie temía que la censuraran por huir, el portador del hatillo se detuvo y con un tono entre implorante y zalamero le preguntó si tenía alguna moneda para dar a un pobre hombre. Maggie llevaba una moneda de seis peniques en el bolsito —regalo del tío Glegg— y se la tendió al mendigo con una sonrisa educada, esperando que apreciara su generosidad.