El molino de Floss

El molino de Floss

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—Madre —declaró Maggie con irritación vehemente—. No quiero hacer la labor.

—¡Vaya! ¿No quieres coser un cubrecama para la tía Glegg?

—Es de tontos romper algo a trozos para volverlo a coser —afirmó Maggie, sacudiendo la melena—. Y no quiero hacer nada para la tía Glegg: no me gusta.

Maggie salió arrastrando la capota por la cinta mientras el señor Tulliver reía a carcajadas.

—No sé por qué te ríes, Tulliver —dijo la madre con linfática irritación—. Así fomentas sus travesuras, y las tías pensarán que soy yo quien la malcría. La señora Tulliver era lo que se llama una persona apacible: de pequeña jamás lloraba por nada, como no fuera por hambre o el pinchazo de un imperdible, y desde la cuna fue una niña sana, hermosa, gordita y boba, en definitiva, el orgullo de su familia, tanto por su aspecto como por su afabilidad. Pero la leche y la amabilidad no se conservan bien, y cuando se agrian un poco entran en serio conflicto con los estómagos jóvenes. Me he preguntado con frecuencia si estas madonas de Rafael, de rubios rostros y expresión pánfila, siguen siendo plácidas cuando sus chicos, de miembros tan fuertes como su carácter, crecen un poquito y ya no pueden andar desnudos. Imagino que empezarán con débiles reconvenciones e irán tornándose más desabridas a medida que éstas sean menos eficaces.


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