El molino de Floss

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—Gracias, señorita —contestó el hombre, con tono menos respetuoso y agradecido de lo que Maggie esperaba, e incluso observó que sonreía y guiñaba el ojo a su compañero. Maggie se alejó caminando muy deprisa, pero advirtió que los dos caminantes se quedaban inmóviles, probablemente para mirarla, y los oyó reír con sonoras carcajadas. De repente, se le ocurrió pensar que la habrían tomado por una niña boba: Tom le había dicho que el cabello corto le hacía parecer la tonta del pueblo y aquella idea era demasiado dolorosa para olvidarla rápidamente. Además, no llevaba manga larga, sólo una capa y una capota. No era probable que causara una impresión favorable a los caminantes y pensó en regresar a los campos, pero no al mismo costado del sendero, no fuera a encontrarse todavía en las propiedades del tío Pullet. Entró por la primera puerta de un cercado que vio abierta y, tras aquel humillante encuentro, sintió una deliciosa sensación de intimidad al avanzar entre los setos. Estaba acostumbrada a vagar sola por los campos y allí se sentía menos asustada que en la carretera. En alguna ocasión tuvo que trepar para cruzar altas puertas cerradas, pero aquel era un mal menor; se alejaba muy deprisa y probablemente pronto llegaría a ver las tierras comunales de Dunlow u otras cualesquiera, porque había oído decir a su padre que no se podía ir muy lejos sin llegar a alguna. Eso esperaba, porque se sentía cada vez más cansada y hambrienta, y hasta que encontrara a los gitanos no tenía perspectiva alguna de tomar pan con mantequilla. Era todavía pleno día, pues la tía Pullet, que conservaba las costumbres tempranas de la familia Dodson, tomaba el té a las cuatro y media, según la hora solar, y a las cinco, según el reloj de la cocina; así pues, aunque hacía casi una hora que Maggie se había puesto en camino, todavía no se cernía sobre los campos penumbra alguna que le recordara la llegada de la noche. No obstante, tenía la sensación de haber caminado una gran distancia y le parecía sorprendente que no apareciera ante sus ojos el terreno comunal. Hasta el momento, había recorrido la rica parroquia de Garum, que poseía grandes extensiones de pastos, y sólo había visto a un campesino a lo lejos: eso, en cierto modo, era una suerte, pues los braceros podían ser demasiado ignorantes para entender sus motivos para ir al terreno comunal de Dunlow; de todos modos, habría sido mejor encontrar a alguien que le indicara el camino sin por ello preguntarle nada sobre sus asuntos. Por fin terminaron los campos verdes y Maggie se encontró mirando entre los barrotes de una puerta que daba a un camino con un alto margen de hierba a ambos lados. Nunca había visto una carretera tan ancha y, sin saber por qué, le dio la impresión de que el terreno comunal no podría estar muy lejos; tal vez fuera porque había visto un burro con un tronco atado a las patas para impedirle la huida comiendo del herboso margen, y en otra ocasión, cuando cruzó los terrenos comunales de Dunlow en la calesa de su padre, también vio un burro con aquel triste estorbo. Se coló entre los barrotes de la puerta y siguió caminando animada, aunque la asustaban las imágenes recurrentes de Apolión[7], de algún salteador de caminos armado, de un enano vestido de amarillo con una boca de oreja a oreja y de otros peligros diversos, ya que la pobrecita Maggie poseía a un tiempo la timidez de una imaginación activa y la osadía de un impulso imperioso. Se había lanzado a la aventura de buscar a sus desconocidos semejantes, los gitanos, y ahora se encontraba en aquel camino extraño en el que apenas se atrevía a mirar a uno y otro lado, no fuera a ver al diabólico herrero de delantal de cuero sonriendo con los brazos en jarras. Y, con sobresalto, reparó en unas piernecitas desnudas que sobresalían, con los pies por delante, junto a una loma; demasiado alterada para distinguir a primera vista los andrajos y la oscura cabeza greñuda que acompañaban a las piernas, aquello le pareció algo horriblemente sobrenatural: algo así como un hongo diabólico. Era un muchacho dormido y Maggie se alejó corriendo, no fuera a despertarlo: no se le ocurrió que acaso fuera uno de sus amigos gitanos y que, de confirmarse tendría unos modales muy amistosos. Sin embargo, así era, porque al siguiente recodo del camino, Maggie distinguió la pequeña tienda semicircular; el humo azulado ascendía ante lo que iba a ser su refugio de todo el vilipendio que la había acosado en la vida civilizada. Incluso vio, junto a la columna de humo, una alta figura femenina: sin duda, la madre gitana, que se encargaba de suministrar el té y otros alimentos. Le asombró no sentir mayor alegría. Le sorprendía encontrar a los gitanos junto al camino y no en un terreno comunal: lo cierto era que resultaba decepcionante, porque el mismo terreno comunal misterioso e ilimitado, con zonas de arena donde esconderse, lejos del alcance de cualquiera, siempre había formado parte de la imagen que Maggie tenía de la vida de los gitanos. No obstante, siguió avanzando y pensó con cierto consuelo que probablemente los gitanos no sabían nada de los tontos de pueblo, de modo que no había peligro de que cayeran en el error de clasificarla de entrada como uno de ellos. Resultaba evidente que había atraído su atención, porque la figura alta, que resultó ser una mujer joven con una criatura en brazos, se dirigió lentamente a su encuentro. Maggie contempló aquel rostro mientras se le acercaba y se tranquilizó al pensar que su tía Pullet y los demás tenían razón cuando la llamaban gitana, porque aquel rostro de brillantes ojos negros y cabello largo se parecía bastante a la imagen que ella había observado en el espejo antes de cortarse el pelo.


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