El molino de Floss
El molino de Floss —Vaya, la pobre damita tiene hambre —comentó la mujer joven—. Darle algo frÃo para comer. Seguramente habrá caminao mucho, querida niña. ¿Dónde está su casa?
—Es el molino de Dorlcote, está muy lejos —dijo Maggie—. Mi padre es el señor Tulliver, pero no debemos decirle dónde estoy porque me llevarÃa a casa de nuevo. ¿Dónde vive la reina de las gitanas?
—¡Vaya! ¿Quiere verla? —preguntó la mujer joven. La niña alta, entre tanto, no dejaba de escrutar a Maggie y de sonreÃr con una mueca. Sin duda, sus modales no eran nada agradables.
—No —contestó Maggie—. Sólo pensaba que si no es una buena reina, os alegrarÃais si muriera y pudierais escoger a otra. Si yo fuera reina, serÃa muy buena y amable con todos.
—Aquà tie un poco de buena comida —dijo la vieja, tendiéndole a Maggie un trozo de pan, que habÃa sacado de una bolsa con mendrugos y un poco de tocino frÃo.
—Gracias —dijo Maggie, mirando la comida, pero sin tomarla—, pero ¿no podrÃas darme un poco de pan con mantequilla y un poco de té, en lugar de esto? No me gusta el tocino.
—No tenemos té ni mantequilla —contestó la vieja frunciendo un poco el ceño, como si estuviera cansándose de contemplaciones.