El molino de Floss
El molino de Floss —No tenemos melaza —contestó la vieja enfadada, tras lo cual tuvo lugar un brusco diálogo en aquella lengua desconocida y una de las pequeñas esfinges le arrebató el pan con tocino y empezó a comérselo. En aquel momento, la chica alta, que se había alejado unos metros, regresó y dijo algo que causó gran conmoción. La vieja pareció olvidar el hambre de Maggie, introdujo el pincho en la olla y lo agitó con energía; la mujer joven entró en la tienda y sacó platos y cucharas. Maggie tembló un poco y temió que los ojos se le llenaran de lágrimas. Entretanto, la chica alta soltó un grito agudo y corrió hacia el muchacho junto al que había pasado Maggie cuando dormía: un tosco pilluelo de la edad de Tom, el cual miró fijamente a Maggie y a continuación prosiguió con su charla incomprensible. Maggie se encontraba muy sola y estaba segura de que no tardaría en echarse a llorar: los gitanos no parecían ocuparse de ella y se sentía muy débil en su compañía. Pero un nuevo terror contuvo sus lágrimas: cuando aparecieron los dos hombres cuya aproximación había sido la causa del súbito revuelo. El mayor de los dos dejó caer la bolsa que llevaba y se dirigió a las mujeres con gritos de reprimenda que ellas contestaron con una retahíla en tono agudo e insolente; mientras tanto, un chucho negro corrió hacia Maggie ladrando, lo que sumió a la niña en unos temblores que encontraron nueva causa en las maldiciones con que el hombre más joven llamó al perro y en el golpe que le propinó con el gran bastón que llevaba en la mano.