El molino de Floss

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Maggie empezó a pensar que tal vez Tom tuviera razón sobre los gitanos: sin duda, eran ladrones, a menos que el hombre tuviera intención de devolverle de inmediato el dedal. Se lo habría regalado gustosa porque no sentía por él especial cariño; pero la idea de que se encontraba entre ladrones le impedía sentir ningún consuelo en las nuevas atenciones que recibía: todos los ladrones eran malos, con la única excepción de Robin Hood. Las mujeres se dieron cuenta de que estaba asustada.

—No tenemos na bueno pa que coma la señorita —dijo la vieja con tono meloso—. Y tie tanta hambre, la pobre damita.

—Tome, cariño, mire si le gusta esto —dijo la mujer joven, tendiéndole un poco de estofado en un plato marrón con una cuchara de hierro; Maggie, recordando el enfado de la vieja porque no le había gustado el pan con tocino, no se atrevió a rechazar el guiso, aunque el miedo le había quitado el apetito. ¡Ojalá su padre apareciera por allí con la calesa y se la llevara! ¡O pasaran por ahí Jack el Matagigantes o el señor Greatheart[8], o San Jorge, el que mataba al dragón en las monedas de medio penique! Maggie pensó, abatida, que nunca se había visto a aquellos héroes en las proximidades de Saint Ogg’s: allí nunca pasaba nada extraordinario.


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