El molino de Floss
El molino de Floss En los últimos cinco minutos, sus ideas sobre los gitanos habían sufrido una rápida modificación. Tras considerarlos compañeros muy respetables y bien dispuestos a la instrucción, había empezado a pensar que tal vez quisieran matarla en cuanto se hiciera de noche y, más tarde, trocear su cuerpo para ir guisándolo poco a poco: incluso sospechó que el viejo de ojos feroces era, en realidad, el demonio y podía despojarse en cualquier momento de ese disfraz y convertirse en el herrero de la gran sonrisa o en un monstruo de ojos fieros con alas de dragón. No conseguía comerse el guiso y, sin embargo, lo que más temía era ofender a los gitanos revelando la opinión extremadamente desfavorable que acababa de formarse sobre ellos; se preguntaba con un fervoroso interés que ningún teólogo podría haber superado si, en caso de que el demonio estuviera presente, podría leerle el pensamiento.
—¡Cómo! ¿No le gusta cómo huele, querida? —preguntó la mujer joven, observando que Maggie ni siquiera había comido una cucharada—. Anda, pruébelo.
—No, gracias —dijo Maggie, haciendo acopio de todas sus fuerzas para sonreír amistosamente—. Me parece que no tengo tiempo, está haciéndose de noche. Me parece que tengo que irme a casa. Ya volveré otro día y os traeré una cesta con tartas de mermelada y otras cosas.