El molino de Floss

El molino de Floss

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Maggie se levantó mientras anunciaba aquel plan ilusorio, deseando fervientemente que Apolión fuera crédulo; pero sus esperanzas naufragaron cuando la vieja gitana dijo:

—Pare un poco, pare un poco, damita: la llevaremos a su casa, sana y salva, después de cenar: irá montada, como corresponde a una dama.

Maggie se sentó de nuevo con escasa fe en esa promesa, aunque vio cómo la chica alta embridaba el burro y le echaba encima unas alforjas.

—Andando, señorita —dijo el hombre joven, poniéndose en pie y conduciendo el burro—. ¿Ande vive? ¿Cómo se llama ese sitio?

—Vivo en el molino de Dorlcote —se apresuró a contestar Maggie—. Mi padre es el señor Tulliver, allí vive.

—Caramba, ¿un molino grande un poco para acá de Saint Ogg’s?

—Sí —dijo Maggie—. ¿Está muy lejos? Me parece que me gustaría irme andando, si le parece bien.

—No, no. Empieza a oscurecer y debemos darnos prisa. Y el burro la llevará mu bien, ya verá.

Alzó a Maggie mientras hablaba y la sentó sobre el borrico. La niña sintió alivio al ver que no era el viejo quien se disponía a acompañarla, pero apenas se atrevía a esperar que, efectivamente, la llevara a su casa.


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