El molino de Floss

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—Aquí está su bonito sombrero —dijo la mujer joven, colocándole la prenda antes despreciada y ahora recibida con alegría—. Y les dirá que nos hemos portao muy bien con usted, ¿verdad? Y que hemos dicho que era una damita preciosa.

—Oh, sí. Muchas gracias. Os estoy muy agradecida. Pero me gustaría que tú también vinieras conmigo —dijo Maggie, pensando que cualquier cosa sería mejor que partir sola con uno de aquellos hombres tan terribles: sería más alegre que la asesinara un grupo numeroso.

—Ah, yo le gusto más, ¿verdad? —dijo la mujer—. Pero no puedo ir, irán demasiado aprisa para mí.

Al parecer, el hombre tenía intención de montar en el borrico y sostener a Maggie ante él, y la niña fue tan incapaz de protestar contra esta solución como el propio burro, aunque aquello le pareciera peor que cualquier pesadilla. Después de que la mujer se despidiera de ella con unas palmaditas en la espalda, el burro, siguiendo la enérgica indicación del bastón del hombre, se puso en marcha rápidamente por el camino en dirección hacia el lugar por donde había venido Maggie una hora atrás, mientras la chica alta y el tosco pilluelo, provistos también de palos, los escoltaron amablemente durante el primer centenar de yardas entre gritos y golpes.


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