El molino de Floss

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Se había producido una pausa en la conversación. El señor Tulliver, no sin una razón concreta, se abstuvo de repetir por séptima vez la fría respuesta por la cual Riley había demostrado ser muy superior a Dix y el modo en que había dado en la cresta a Wakem por primera vez en la vida, ahora que el asunto de la presa se había resuelto mediante arbitraje, y no insistió en que nunca se habría producido una disputa sobre la altura del agua si todo el mundo fuera como debiera y Pero Botero no hubiera creado los abogados. El señor Tulliver era, en términos generales, un hombre de opiniones seguras y tradicionales; sin embargo, en uno o dos puntos había confiado en su desasistido intelecto y había llegado a varias conclusiones discutibles, por ejemplo, que Pero Botero había creado las ratas, los gorgojos y los abogados. Lamentablemente, no tenía a nadie que le dijera que aquello era de un maniqueísmo absoluto; de haber sido así, habría advertido su error. No obstante, aquel día resultaba evidente que había triunfado el bien: ese asunto del salto de agua, por un motivo u otro, se había enmarañado mucho, si bien, desde su punto de vista, estaba tan claro como el agua misma; pero a pesar de ser tan complicado, Riley se había impuesto. El señor Tulliver tomaba el brandy menos diluido que de costumbre y, para ser un hombre que tal vez tuviera unos cuantos cientos ociosos en el banco, manifestaba con cierta ligereza el alto aprecio que sentía por el talento profesional de su amigo.


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