El molino de Floss

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Cuando llegó Maggie, sin embargo, ésta no pudo dejar de examinar con gran interés al nuevo compañero de estudios, aunque fuera el hijo de Wakem, el malvado abogado que tanto hacía enfadar a su padre. Maggie llegó durante las horas de clase y permaneció sentada mientras Philip estudiaba las lecciones con el señor Stelling. Unas semanas antes, Tom le había escrito que Philip sabía innumerables historias —pero no historias tontas, como ella— y, tras observarlo, se convenció de que tenía que ser un chico muy listo: esperaba que, cuando tuvieran oportunidad de hablarse, él también considerara que ella era lista. Además, Maggie sentía cierta ternura por las cosas deformes; prefería los corderitos con el cuello torcido porque le parecía que a los fuertes y bien hechos no les importaban las caricias, y le gustaba mimar a quienes apreciaban sus atenciones. Quería mucho a Tom, pero con frecuencia deseaba que valorara más su cariño.

—Creo que Philip Wakem parece un chico agradable, Tom —comentó cuando salieron juntos del estudio al jardín mientras esperaban la comida—. Él no ha escogido a su padre, ¿sabes? Y he leído casos de hombres muy malos que tuvieron hijos buenos y de padres buenos que tuvieron hijos malos. Y si Philip es bueno, creo que deberíamos compadecernos más todavía de él porque su padre no sea bueno. A ti te gusta, ¿no?


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