El molino de Floss

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Entonces, con un indefinido temor a que el desconocido tuviera algo que ver con un posible cambio en la salud de su padre, corrió escaleras arriba, se detuvo un instante a la puerta del dormitorio para quitarse la capota a toda prisa y entró de puntillas. Todo estaba en silencio: su padre se encontraba acostado, inconsciente de lo que lo rodeaba, con los ojos cerrados, igual que cuando se había ido. Le hacía compañía una criada, pero su madre no estaba.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó. La criada no lo sabía. Maggie salió rápidamente y dijo a Tom:

—Padre está acostado y tranquilo: vamos a buscar a madre; no sé dónde está.

La señora Tulliver no se encontraba en la planta baja ni en ninguno de los dormitorios. Bajo el desván, a Maggie sólo quedaba una habitación sin registrar: el ropero donde su madre guardaba su ropa blanca y todos los objetos «mejore» que sólo se desempaquetaban y se sacaban en ocasiones especiales. Cuando regresaban por el pasillo, Tom, que iba delante de Maggie, abrió la puerta de esa habitación y exclamó al instante:

—¡Madre!


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