El molino de Floss
El molino de Floss Tom adivinó en el acto la verdad. Había oído con frecuencia, incluso de pequeño, frases como «tener el alguacil en cas» y «liquidar los bienes para pagar a los acreedore»… formaban parte de la vergüenza y la desgracia del «fracas», de quedarse sin dinero y arruinarse, de caer en la condición de los pobres trabajadores manuales. Parecía lógico que eso sucediera, puesto que su padre había perdido sus propiedades, y pensó que la única causa de aquella desgracia era la pérdida del pleito. Pero la presencia inmediata de aquella forma de deshonra era para Tom una experiencia mucho más intensa que el peor de los temores, como si los problemas verdaderos no hubieran hecho más que empezar: no es lo mismo el dolor espontáneo en un nervio que el estímulo directo sobre éste.
—¿Cómo está usted, señor? —saludó el hombre, quitándose la pipa de la boca con un tosco gesto de cortesía. Aquellos rostros juveniles sorprendidos hacían que se sintiera un poco incómodo.
Pero Tom se dio media vuelta rápidamente, sin decir nada: le resultaba odioso verlo. En cambio, Maggie no entendió qué hacía ahí el desconocido y siguió a Tom.
—¿Quién puede ser, Tom? ¿Qué pasa? —susurró.