El molino de Floss
El molino de Floss Antes de que terminara la reconvención, Maggie se encontraba ya tan lejos que no podía oírla, de camino al gran desván que se extendía bajo el viejo y agudo tejado, sacudiéndose el agua de los negros mechones mientras corría, como un terrier de Skye escapado del baño. Este desván era el refugio favorito de Maggie cuando llovía y no hacía demasiado frío: allí se esfumaba su mal humor, hablaba en voz alta a los suelos y estantes carcomidos, y a las oscuras vigas engalanadas con telas de araña, y allí guardaba un fetiche al que castigaba por todas sus desventuras. Era una gran muñeca de madera que en otros tiempos miraba fijamente con ojos redondísimos sobre sonrosadísimas mejillas, desfigurada ahora tras una larga vida de sufrimiento vicario. Los tres clavos hundidos en la cabeza conmemoraban otras tantas crisis sucedidas durante los nueve años de lucha terrena, después de que la imagen de Yael matando a Sísera en una vieja Biblia le sugiriera esa refinada venganza. El último clavo lo había hundido con un golpe más violento que de costumbre, porque en esa ocasión el fetiche representaba a la tía Glegg. Pero inmediatamente después, Maggie pensó que si hundía demasiados clavos no podría imaginar que la cabeza se lastimaba cuando la golpeaba contra la pared, ni tampoco podría consolarla o simular una cataplasma cuando se le pasaba la furia, ya que incluso la tía Glegg era digna de lástima cuando estaba herida y humillada hasta el punto de rogar a su sobrina que la perdonara. A partir de entonces, no le hundió más clavos y se tranquilizó frotando y golpeando la cabeza de madera contra los ladrillos rojos de las grandes chimeneas que formaban los dos pilares cuadrados que sostenían el tejado. Y eso fue lo que hizo aquella mañana al llegar a la buhardilla mientras sollozaba con una pasión tal que eliminaba cualquier otra forma de conciencia, incluso el recuerdo del agravio que la había provocado. Cuando, finalmente, los sollozos se extinguían y aplastaba ya a la muñeca con menos furia, un repentino rayo de sol que entró por la celosía de alambre y fue a dar sobre los estantes carcomidos la empujó a lanzar la muñeca y a correr a la ventana. El sol se abría paso, el sonido del molino parecía otra vez alegre, las puertas del granero estaban abiertas y allí se encontraba Yap, el raro terrier blanco y castaño con una oreja hacia atrás, trotando por ahí y olfateando vagamente, como si buscara un compañero. Era irresistible: Maggie se apartó el cabello hacia atrás y corrió escaleras abajo, agarró la capota y, sin ponérsela, echó un vistazo y salió corriendo por el pasillo para no cruzarse con su madre; pronto se encontró en el patio, dando vueltas sobre sí misma como una pitonisa.