El molino de Floss
El molino de Floss Si éstas eran las filosofías de la vida según las cuales se habían educado los Dodson y los Tulliver en los meritorios tiempos de Pitt y de los precios altos, el lector podrá deducir de lo que ya conoce de la sociedad de Saint Ogg’s que en sus años de madurez ninguna influencia los había cambiado. Incluso era posible que, tras tantos años de sermones anticatólicos, las gentes conservaran múltiples ideas paganas y, sin embargo, se tuvieran por buenos fieles anglicanos: de modo que no puede sorprendernos que el señor Tulliver, aunque asistía a la iglesia con frecuencia, dejara constancia de su afán de venganza en las guardas de la Biblia familiar. Nada podía reprocharse al vicario de la encantadora parroquia rural a la que pertenecía el molino de Dorlcote: era hombre de una familia excelente, un soltero irreprochable de aficiones elegantes que se había licenciado con notas brillantes y pertenecía a una hermandad universitaria. El señor Tulliver sentía por él el debido respeto, como hacia con todo lo relacionado con la Iglesia; pero consideraba que la Iglesia era una cosa y el sentido común otra, y que no quería que nadie le contara, precisamente a él, lo que era el sentido común. La naturaleza ha dotado con pequeños zarcillos a algunas semillas que necesitan encontrar un cobijo para protegerse en circunstancias desfavorables, con la finalidad de que puedan aferrarse a superficies poco receptivas. Al parecer, la semilla espiritual sembrada en el señor Tulliver carecía de recursos y se la había llevado el viento.