El molino de Floss
El molino de Floss —Déjalo, hija mÃa, se t’encallecerán las manos —decÃa—. Corresponde a tu madre hacerlo: yo ya no puedo coser, me falla la vista.
Y seguÃa cepillando y cuidando con mimo el cabello de Maggie, con el que se habÃa reconciliado, a pesar de su negativa a rizárselo, ahora que era tan largo y espeso. Maggie no era su niña mimada y, en general, habrÃa preferido que fuera muy distinta; sin embargo, aquel corazón femenino, tan herido en sus pequeños deseos personales, hallaba consuelo en el futuro de su joven hija, y la madre encontraba satisfacción estropeándose las manos para salvar otras con tanta vida por delante.