El molino de Floss

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Este momento de extrema necesidad había llegado a Maggie, que sólo contaba trece años. A su precocidad, la niña añadía esta temprana experiencia de lucha, de combate entre el impulso interior y el hecho exterior, propio de todo carácter imaginativo y apasionado; y los años transcurridos desde que clavaba clavos en el fetiche de madera, entre las vigas carcomidas de la buhardilla, se habían llenado con una vida tan ansiosa del triple mundo de la realidad, los libros y las fantasías que Maggie resultaba extrañamente adulta para su edad, con la única excepción de su total falta de prudencia y dominio de sí misma, cualidades que, por el contrario, hacían adulto a Tom en plena infancia intelectual. Y en aquellos momentos, la vida que le había tocado en suerte empezaba a adquirir una monotonía triste y tranquila que la hacía encerrarse más en sí misma. Su padre podía ocuparse otra vez de su trabajo, sus asuntos se habían solucionado y trabajaba como empleado de Wakem en el lugar de siempre. Tom iba y venía por las mañanas y por las tardes, y en casa estaba cada vez más callado: ¿qué había que decir? Todos los días eran iguales y el interés de Tom por la vida, aplastado y repelido en todos los otros sentidos, se concentraba en la única vía posible: la ambiciosa resistencia a la adversidad. Las rarezas de su padre y de su madre le resultaban muy irritantes, ahora que estaban despojadas de todos los acompañamientos propios de una casa próspera, ya que Tom tenía una mirada muy clara y prosaica que no enturbiaban las neblinas de los sentimientos o de la imaginación. La pobre señora Tulliver parecía incapaz de volver a ser la misma y de recuperar su plácida actividad doméstica: ¿cómo iba a hacerlo? Habían desaparecido los objetos entre los que su mente se desplazaba satisfecha: le habían arrebatado repentinamente todas las pequeñas esperanzas, planes y especulaciones, todos los pequeños cuidados que dedicaba a unos tesoros que durante un cuarto de siglo, desde que compró las primeras tenacillas para los terrones de azúcar, habían hecho de su mundo un lugar comprensible, y aquella vida vacía la desconcertaba. No dejaba de dar vueltas a la insoluble pregunta de por qué había tenido que sucederle a ella lo que no sucedía a otras mujeres, y así expresaba la perpetua comparación entre el pasado y el presente. Daba pena contemplar cómo aquella rubia atractiva y robusta iba ajándose y adelgazando, víctima de una inquietud física y mental que con frecuencia la hacía vagar por la casa vacía tras terminar su trabajo, hasta que Maggie, alarmada, iba a buscarla y la hacía parar explicándole lo mucho que inquietaba a Tom que arruinara su salud por no sentarse a descansar. Y, sin embargo, en medio de aquella indefensa imbecilidad, un humilde rasgo de devoto espíritu materno resultaba conmovedor e inspiraba la ternura de Maggie hacia su pobre madre, en medio de las pequeñas pero agotadoras penas que su debilidad mental causaba. No permitía que Maggie hiciera el trabajo más pesado y que más estropeaba las manos, y se enfurruñaba cuando Maggie intentaba aliviarla de tanto frotar y restregar.


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