El molino de Floss

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Sin duda, estas palabras mundanas y orgullosas eran al mismo tiempo valientes y tiernas, pero Maggie se quedó con la escoria y dejó el oro, y tomó la negativa de Tom como una más de las cruces que debía soportar. Tom era muy duro con ella, pensaba Maggie en sus largas noches de insomnio: con ella, que siempre lo había querido tanto; entonces luchaba por conformarse con esta dureza y no pedir nada más. Ése es el camino que queremos cuando nos disponemos a abandonar el egoísmo: el del martirio y la resistencia, allí donde crecen las palmas de la victoria, en lugar del camino de la tolerancia y la indulgencia, carente de toda gloria. Los viejos libros de Virgilio, Euclides y Aldrich —el marchito fruto del árbol de la ciencia— habían quedado abandonados, porque Maggie había dado la espalda a la vana ambición de compartir los pensamientos de los sabios. En un primer arrebato ardoroso, los tiró con un gesto de triunfo, como si hubiera superado la etapa en que los necesitaba, y si hubieran sido suyos, los habría quemado, convencida de que nunca se arrepentiría. Leía con tanta ansiedad y constancia los otros tres libros —la Biblia, el Kempis y el Anuario cristiano (que ya no rechazaba como «libro de himno».)— que tenía la cabeza llena de citas rítmicas; y se dedicaba a ver la naturaleza y la vida a la luz de su nueva fe con un entusiasmo tal que no necesitaba de ningún otro material para que trabajara su mente mientras se aplicaba con la aguja a la costura de camisas y otras complicadas labores mal llamadas sencillas, que nada sencillas resultaban para Maggie, puesto que bien podía coser el puño al revés cuando pensaba en otra cosa.


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