El molino de Floss

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Diligentemente inclinada sobre la costura, Maggie ofrecía una imagen que daba gusto mirar. Aquella nueva vida interior, pese a los esporádicos estallidos volcánicos propios de las pasiones contenidas, brillaba en su rostro con una luz suave que hacía más hermosa su juventud floreciente. Su madre advertía el cambio y se maravillaba, asombrada, de que «Maggie se desarrollara tan bie», era sorprendente que aquella niña que había sido tan «contrarios» se convirtiera en una persona tan dócil, tan reacia a imponer su voluntad. En muchas ocasiones, cuando Maggie alzaba la vista de la labor encontraba los ojos de su madre clavados en ella: la miraban y esperaban la amplia mirada de la joven, como si su viejo cuerpo necesitara su calor. La madre empezaba a apreciar a su hija alta y morena, única pieza en la que ahora podía depositar su inquietud y su orgullo, y Maggie, a pesar del deseo ascético de no llevar adornos personales, se veía obligada a ceder ante su madre y lucir las gruesas trenzas en un moño en forma de corona, siguiendo la lamentable moda de aquellos tiempos anticuados.

—Dale gusto a tu madre, hija mía —decía la señora Tulliver—. Bastante me Molesté por tu pelo en otros tiempos.



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