El molino de Floss
El molino de Floss Así pues, Maggie, contenta de que algo aliviara a su madre y alegrara los largos días que pasaban juntas, consentía en llevar aquel vano adorno y lucía una cabeza regia sobre viejos vestidos, aunque se negaba con firmeza a mirarse al espejo. A la señora Tulliver le gustaba llamar la atención del padre sobre el cabello de Maggie y otras virtudes inesperadas, pero él contestaba con brusquedad:
—Sabía muy bien lo que valía la niña, no es nuevo para mí. Pero es una pena que no sea más vulgar: la rechazarán. No encontrará a nadie digno de ella para casarse.
Y las gracias de cuerpo y alma de Maggie alimentaban su melancolía. Permanecía pacientemente sentado mientras ella le leía un capítulo o, cuando estaban solos, intentaba explicarle tímidamente que las penas podían resultar bendiciones. Él interpretaba todo ello como parte de la bondad de su hija, lo que hacía más triste su desgracia, pues le había arruinado el futuro. En un espíritu ocupado por un propósito y un afán de venganza insatisfecho, no caben nuevos sentimientos: el señor Tulliver no quería consuelo espiritual, sólo quería librarse de la degradación de las deudas y vengarse.