El molino de Floss

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—Bah, bah, tonterías, mujer —contestó él señor Glegg—. Tú no puede meterte en negocios, ¿verdad? No se puede obtener más del cinco por ciento con seguridad.

—Pero yo sí puedo ocuparme de su dinero, y muy agradecido, señora —dijo Bob—, si usté desea arriesgarlo, aunque tampoco puede decirse que sea un verdadero riesgo. Pero si usté quisiera prestar un poco de dinero al señor Tom, él le pagaría el seis o el siete por ciento y ganaría también un pellizco pa él, y a una dama bondadosa como usté le gustará más el negocio si su sobrino participa en él.

—¿Qué dices, señora Glegg? —preguntó el señor Glegg—. Me parece que, después de hacer algunas averiguaciones, ayudaré a Tom con un poquito de cúmquibus para empezar, me pagará intereses, y si tienes por ahí alguna cantidad metida en un calcetín o algo así…

—¡Glegg!, ¡esto es inconcebible! Eres capaz de ir por ahí informando a los vagabundos para que puedan venir a robarme.

—Bien, bien. Como decía, si quisieras aportar veinte libras, bien podrías hacerlo: yo las aumentaría hasta cincuenta. Sería un buen punto de partida, ¿no, Tom?


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