El molino de Floss
El molino de Floss —Espero que en su plan no cuente con que sus parientes se encarguen de todo, pues asà es como piensan ahora los jóvenes. Les ruego que me cuenten qué tiene que ver este buhonero con lo que sucede en nuestra familia. ¿Es que no puedes hablar por ti mismo, Tom, e informar a tu tÃa, como debe hacer un sobrino?
—Este joven se llama Bob Jakin, tÃa —explicó Tom, dominando la irritación que le producÃa la tÃa Glegg—. Y lo conozco desde qué éramos niños. Es muy buen muchacho y siempre está dispuesto a hacer algo por mÃ. Y tiene cierta experiencia en esto de enviar manufacturas a otros lugares en pequeñas cantidades; y cree que si yo hiciera lo mismo, podrÃa ganar algún dinero. Asà se obtiene un elevado interés.
—¿Un gran interés? —preguntó la tÃa Glegg con entusiasmo.
—¿Y a qué llamas tú un gran interés?
—Al diez o doce por ciento, dice Bob, tras pagar todos los gastos.
—En ese caso, ¿por qué no se me ha comunicado antes, Glegg? —preguntó la señora Glegg, volviéndose hacia su marido con un chirriante tono de reproche—. ¿No me has dicho siempre que no es posible obtener más del cinco por ciento?