El molino de Floss

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—En eso ha tenido razón, señora —dijo Bob—, mi fardo no es pa damas como usté. Ya pasaron esos tiempos. Ahora llevamos gangas baratísimas, con alguna tara aquí o allá, que puede cortarse o que no se ve una vez puesto; pero nada bueno pa ofrecer a las personas ricas que pagan por lo que nadie ve. Yo no soy d’esos que querrían enseñarle su mercancía, señora: no, no; yo soy un tipo insolente, como usté dice, porque estos tiempos que corren nos hacen insolentes, pero no tanto.

—Bueno, ¿qué telas lleva en el fardo? —preguntó la señora Glegg—. Tejidos de colores, supongo; chales y todo eso.

—De todo tipo, señora, de todo tipo —dijo Bob, dando un golpe al hatillo—. Pero no hablemos más d’eso, si usté quiere. Estoy aquí por los negocios del señor Tom y no soy d’esos que ocupan el tiempo de los demás con sus asuntos.

—Pues hagan el favor de decirme en qué consiste ese negocio que me quieren ocultar —dijo la señora Glegg que, acosada por una doble curiosidad, se veía obligada a posponer una de ellas.

—Un pequeño plan de nuestro sobrino Tom, aquí presente —dijo él señor Glegg con aire afable—, y no del todo malo, creo yo. Un proyeto para ganar dinero qué es justo la clase de plan adecuado para los jóvenes que tienen que labrarse un futuro, ¿verdad, Jane?


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