El molino de Floss

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—¡Ahí está! —exclamó Bob, eludiendo la pregunta—. Si ya sabía yo que las mejores compras de su vida habían sido a algún buhonero. ¡A ver! Si hasta un buhonero bizco es mejor que un tendero con los ojos rectos. Pardiez, ojalá hubiera tenido la suerte de visitar la casa de piedra con este fardo… —dijo, inclinándose y asestando un enfático puñetazo en el saco—, mientras las hermosas jóvenes esperaban en los escalones de piedra… cómo me habría gustado enseñarles mi fardo. Ahora, los buhoneros sólo pasan por casas pobres, si no es por las criadas. Qué tiempos tan malos éstos, señora. Mire los algodones estampados que se llevan ahora y cómo eran cuando usté los llevaba. Seguro que usté no se pondrá nada d’eso. Tiene que ser de primera, la tela que usté compre, algo que lleve con gusto.

—Sí, mejores que los que usted tiene, sin duda: no creo que tenga nada de primera, excepto el descaro —dijo la señora Glegg, convencida de su sagacidad insuperable—. Glegg, ¿piensas sentarte a tomar el té? Tom, toma esta taza.





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