El molino de Floss
El molino de Floss —Pues sÃ, claro que sÃ. Y también de los vendedores ambulantes —observó la señora Glegg, con intención de dejar claro que los halagos de Bob no habÃan producido en ella el menor efecto; entre tanto, su esposo, que permanecÃa en pie detrás de ella, con las manos en los bolsillos y las piernas separadas, sonrió y guiñó un ojo con deleite conyugal ante la probabilidad de que embaucaran a su esposa.
—SÃ, seguro, señora —dijo Bob—. ¡A ver! Seguro que ha tratado con cientos de buhoneros cuando era muchacha, antes de que el señor aquà presente tuviera la suerte de poner los ojos en usté. Sé dónde vivÃa, he visto la casa muchas veces, cerca del señor Darleigh, una casa de piedra con escaleras…
—Ah, asà era —dijo la señora Glegg, sirviendo el té—. Entonces, conoce un poco a mi familia… ¿es pariente de aquel buhonero con un ojo bizco que traÃa lino irlandés?