El molino de Floss

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—No se inquiete, señora mía —dijo Bob, tocándose la gorra. Advirtió de inmediato que la señora Glegg era una pieza digna de cazarse y se aprestó a ello—. Mumps y yo nos quedaremos aquí, en la gravilla. Mumps sabe con quién trata, ni que le silbe durante una hora se tirará sobre una verdadera señora como usté. Hay que ver cómo reconoce a las damas hermosas, Y le gustan especialmente las de buena figura. A ver, —añadió Bob, depositando el fardo en la gravilla—, es una lástima que una dama como usté no trate con buhoneros en lugar de ir a esas tiendas modernas donde hay media docena de caballeros con la barbilla bien tiesa por el cuello duro, que parecen botellas con tapones d’adorno, que tienen que sacar d’un trozo de percal pa comer. No es razonable que pague tres veces lo que pagaría a un buhonero, pues ésa es la manera natural de comprar porque no paga alquiler y no tiene que soltar una mentira tras otra quiera o no quiera. Pero señora, usté sabe mejor que yo lo que es bueno, seguro que adivina las intenciones de los tenderos.







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