El molino de Floss

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—Bueno, es lo mismo, Glegg, pero tú te empeñas en llevarme la contraria. Y si mi sobrino ha venido a hablar de negocios, sería más adecuado que lo hicieras pasar a la casa y permitieras que su tía se enterara, en lugar de murmurar por los rincones como si conspirarais o tramarais algo.

—Bien, bien —accedió el señor Glegg—, ahora entramos.

—No es necesario que se quede —dijo la dama dirigiéndose a Bob con voz fuerte, más adecuada a la distancia moral que los separaba que a la física—. No queremos nada. Yo no compro a los buhoneros. Y cierre bien la puerta del jardín al salir.

—Alto, no vaya tan aprisa, señora Glegg —dijo el señor Glegg—. Todavía no he terminado con el joven. Pasa, Tom, pasa —añadió, entrando por una puerta ventana.

—Glegg —declaró la señora Glegg en tono de fatalidad—: si tienes intención de permitir que este hombre y su perro me pisen la alfombra delante de mis narices, has el favor de comunicármelo. Supongo que una esposa tiene el derecho a saberlo.


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