El molino de Floss

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—No, señor —contestó Bob indignado—. No l’he ofrecido al señor Tom una manzana pa llevarme un bocao. Cuando engaño a otro lo hago con más ingenio.

—Pero si es perfectamente correcto que usted tenga un pequeño porcentaje —dijo el señor Glegg—. No soy partidario de las transaciones en las que la gente trabaja a cambio de nada.

—Bien, pues —contestó Bob, que gracias a su agudeza vio de inmediato a qué se refería—: le diré lo que saco yo d’esto que, al final, m’hará tamién ganar dinero. Si hago compras mayores, gano consideración: ése es mi plan. Soy un tipo listo.

—Glegg, Glegg —espetó una voz severa desde la ventana abierta del salón—. ¿Te importaría venir a tomar el té? ¿O piensas seguir charlando con buhoneros hasta que te asesinen a plena luz del día?

—¿Asesinen? —preguntó el señor Glegg—. ¿De qué habla esta mujer? Aquí está tu sobrino Tom hablando de negocios.

—Pues sí, de que te asesinen. No hace mucho se juzgó el caso de un buhonero que asesinó a una joven, le robó el dedal y tiró el cadáver a una cuneta.

—No, no —protestó el señor Glegg con tono tranquilizador—: te refieres a un hombre sin piernas que iba en un carrito tirado por un perro.


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