El molino de Floss

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—Ah, me parece que no sabe usted cómo gastar su dinero; si no, no tendría ese perrazo, que comerá como dos cristianos. ¡Es una vergüenza, es una vergüenza! —exclamó, más triste que enfadado. Y añadió rápidamente—: Pero vamos, oigamos más cosas sobre este negocio, Tom. Imagino que quieres un poco de dinero para probar fortuna. Pero ¿dónde está el tuyo? No te lo gastarás todo, ¿verdad?

—No, señor —contestó Tom sonrojándose—. Pero mi padre no desea arriesgarlo y yo no quiero insistir. Si pudiera conseguir veinte o treinta libras para empezar, podría pagar el cinco por ciento y así, gradualmente, formar un pequeño capital propio y seguir adelante sin préstamos.

—Vaya, vaya —dijo el señor Glegg con tono de aprobación—. No es una mala idea, y no te digo que no sea yo la persona indicada. Pero preferiría ver a ese Salt del que habláis. Y el amigo aquí presente s’ofrece a comprar el género… ¿Si le damos el dinero, l’avalará alguien? —añadió el precavido anciano, mirando a Bob por encima de las gafas.

—Me parece que no es necesario, tío —dijo Tom—. Por lo menos, para mí no sería necesario, porque conozco bien a Bob; pero quizá usted sí quiera alguna garantía.

—Usted se quedará con algún porcentaje de la compra, supongo —dijo el señor Glegg, mirando a Bob.


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