El molino de Floss
El molino de Floss El tío Glegg escuchó con la boca abierta de sorpresa el locuaz discurso de Bob, que apenas comprendía. Lo miró primero por encima de las gafas, después por debajo y luego otra vez por encima; entre tanto, Tom, inseguro de la opinión que tendría su tío, empezó a desear no haber llevado a aquel Aarón o portavoz. La charla de Bob le parecía menos convincente ahora que la oía ante otra persona.
—Parece usted muy entendido —dijo el señor Glegg finalmente.
—Pues sí, señor, eso es —prosiguió Bob, asintiendo—. Como que me parece que tengo la cabeza viva por adentro, como si fuera un queso viejo, porque estoy tan lleno de planes que uno choca con otro. Si no tuviera a Mumps pa hablar, me se llenaría tanto que me daría un ataque. Será porque nunca fui demasiado al colegio. Es lo que yo digo a mi madre: «Debería haberme enviado más al colegio, entonces podría leer pa distraerme y tendría la cabeza más fría y vací». Vaya, ahora está bien y cómoda, mi vieja, come carne asada y habla to lo que quiere. Porque estoy ganando tanto que tendré que casarme pa que lo gaste mi mujer, pero es una lata tener mujer, y a Mumps a lo mejor no le gusta.
El tío Glegg que, desde que se había retirado de los negocios se consideraba un hombre jocoso, empezaba a encontrar divertido a Bob, pero todavía tenía que hacer un comentario desaprobador que lo mantenía serio.