El molino de Floss

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—No, señor —dijo Tom—. Hemos venido a hablar de un pequeño negocio que me interesa.

—Ah, bien. Pero ¿qué tiene que ver el perro con eso? —preguntó el anciano caballero, volviendo a mostrarse amable.

—El perro es mío —intervino Bob con su habitual rapidez—. Y soy yo quien ha contao al señor Tom lo d’ese negocio, porque el señor Tom ha sido amigo mío desde que era un crío: mi primer trabajo fue espantar a los pájaros pa el viejo amo. Y siempre pienso que, si se presenta la buena suerte, dejaré que el señor Tom también se aproveche. Y es una verdadera pena que si se presenta la oportunidad d’hacer algún dinero enviando género fuera, con un diez o doce por ciento de beneficio después de pagar los costes de flete y las comisiones, no pueda hacerlo porque no tiene dinero. Y son géneros de Laceham, a ver, que están hechos a propósito pa gente que quiera enviar una pequeña partida: son ligeros y no ocupan sitio; el paquete de veinte libras ni se ve, y son manufaturas que gustan a cualquiera, de manera que es fácil venderlas. Y yo iré a Laceham y compraré los productos pa el señor Tom y pa mí, y el encargado de un carguero se ocupará de ellos, lo conozco personalmente, es un buen hombre y tiene familia aquí, en el pueblo: se llama Salt y, como es natural, es un individuo muy salao y de fiar; si no se lo cree, puedo acompañarlo a que lo vea.


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