El molino de Floss
El molino de Floss Como es natural, en aquella hora agradable, las cuatro de la tarde de un cálido dÃa de agosto, el señor Glegg estaba contando los frutos de sus árboles para asegurarse de que el número total no habÃa variado desde el dÃa anterior. Tom se le acercó junto a lo que al señor Glegg le pareció una compañÃa poco recomendable: un hombre con un saco al hombro —ya que Bob estaba preparado para emprender otro viaje— y un enorme bull-terrier manchado que caminaba contoneándose lentamente y miraba con los ojos entrecerrados, con una hosca indiferencia que bien podrÃa ocultar las intenciones más aviesas. Las gafas del señor Glegg, que lo habÃan ayudado a contar los frutos, destacaron estos detalles sospechosos de modo alarmante.
—¡Eh, eh! ¡Que se vaya ese perro! —gritó, agarrando un palo y sosteniéndolo ante él como protección en cuanto los visitantes se encontraron a tres yardas de distancia.
—Largo Mumps —ordenó Bob, dándole una patada—. Es tranquilo como un corderito. —Mumps corroboró la observación con un largo gruñido mientras se replegaba tras las piernas de su amo.
—¡Vaya! ¿Qué significa esto, Tom? —preguntó el señor Glegg—. ¿Sabes algo de los sinvergüenzas que me cortan los árboles? —Si Bob acudÃa como «informado», entonces el señor Glegg podrÃa tolerar alguna irregularidad.