El molino de Floss

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—Sí, padre. Es muy lento ahorrar con lo poco que ganamos. Y, de esa manera, podremos doblar nuestros ahorros.

—Ah, muchacho —dijo el padre, sin levantar la mano del dinero—. Pero podrías perderlo, podrías perder un año de mi vida, y no me quedan muchos.

Tom permaneció en silencio.

—Y sabes que no quise pagar dividendos con las primeras cien libras, porque quería verlas todas juntas y, cuando las veo, me siento más tranquilo. Si confías en la suerte, seguro que estará en mi contra. Es Pero Botero quien tiene la suerte en sus manos. Y si pierdo un año, nunca lo recuperaré, la muerte podría llevárseme —dijo con voz temblorosa.

—En ese caso, padre —dijo Tom tras unos minutos de silencio—, ya que pone tantas objeciones, no seguiré adelante.

Sin embargo, no deseaba abandonar el proyecto por completo, de modo que resolvió pedir al tío Glegg que le prestara veinte libras a cambio del cinco por ciento de los beneficios. No era mucho pedir. Así que cuando Bob pasó al día siguiente por el muelle para saber qué decisión había tomado, Tom le propuso que fueran juntos a ver al tío Glegg para iniciar el negocio; seguía siendo un chico tímido y orgulloso y tenía la sensación de que la lengua de Bob haría que se sintiera más seguro.


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