El molino de Floss
El molino de Floss Aquella noche, mientras estaba sentado frente a la chimenea, Tom abordó la cuestión con cuidado, y el señor Tulliver escuchó, inclinado hacia delante en el sillón y mirándolo a la cara con expresión escéptica. Su primer impulso fue negarse en redondo, pero sentía cierto respeto por los deseos de Tom y, dado que tenía la sensación de ser un padre «funest», ya no tenía la misma imperiosa necesidad de mandar. Sacó del bolsillo la llave del escritorio, extrajo la llave del arcón y tomó la caja de lata lentamente, como si intentara retrasar el momento de una dolorosa separación. Después volvió a sentarse ante la mesa y abrió la caja con la llavecita del candado con la que jugueteaba en el bolsillo del chaleco siempre que tenía un rato libre. Allí estaban los sucios billetes de banco y los brillantes soberanos, y los contó sobre la mesa: tras tanto escatimar durante dos años, sólo habían conseguido ahorrar ciento dieciséis libras.
—Entonces, ¿cuánto quieres? —preguntó, hablando como si las palabras le abrasaran los labios.
—¿Qué le parece que empiece con treinta y seis libras, padre? —preguntó Tom.
El señor Tulliver separó esa cantidad del resto.
—Es todo lo que ahorro de mi paga en un año —dijo sin quitar la mano de encima.