El molino de Floss

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Bob Jakin, que pocas veces olvidaba visitar a Tom y a Maggie cuando regresaba de uno de sus recorridos, una tarde esperó a Tom en el puente cuando volvía a casa desde Saint Ogg’s con intención de mantener una conversación en privado. Se tomó la libertad de preguntar al señor Tom si alguna vez se le había ocurrido ganar dinero comerciando un poco por su cuenta. ¿Comerciar? ¿Cómo?, quiso saber Tom. Caramba, pues enviando una carga a algún puerto extranjero; Bob tenía un amigo que le había ofrecido ayudarlo con mercancías de Laceham y que de buen grado ayudaría al señor Tom en las mismas condiciones. Tom se interesó de inmediato y le pidió que le diera más detalles, sorprendido de que no se le hubiera ocurrido a él antes esa idea. Le agradaba tanto el proyecto de una especulación que pudiera cambiar el lento proceso de la suma por el de la multiplicación que decidió de inmediato tratar el asunto con su padre y conseguir su consentimiento para tomar parte de los ahorros de la caja y comprar un pequeño cargamento. Habría preferido no tener que consultar a su padre, pero acababa de depositar hasta la última moneda en la caja de lata y no tenía otro remedio. Allí estaban todos los ahorros: el señor Tulliver no querría de ningún modo colocar el dinero para que produjera interés por temor a perderlo. Desde que una vez especuló comprando grano y perdió la inversión, no se sentía seguro si no tenía el dinero al alcance de la mano.


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