El molino de Floss

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—Caramba, señora —intervino con aire de admiración—, usté sí que sabe cómo hacer las cosas. Y está en to su derecho. Primero mira cómo funciona él negocio y después toma una generosa decisión. Pardiez, es buena cosa esa de tener buenos parientes. Yo gané mi cúmquibus, como dice el señor, espabilándome solo, diez soberanos fueron, apagando el fuego del molino de Torry, y ha ido creciendo y creciendo poco a poco, hasta que he reunido treinta libras, amás de poner cómoda a mi madre. Podría tener más, pero soy demasiado blando con las mujeres y no puedo evitar venderles verdaderas gangas. Por ejemplo, aquí tengo este fardo —dijo, golpeándolo con energía—. Cualquier otro ganaría un buen dinero, pero yo… Pardiez, si casi lo vendo por lo mismo que m’ha costao.

—¿Lleva usted tela de visillos? —preguntó la señora Glegg con tono condescendiente, acercándose desde la mesilla de té y doblando la servilleta.

—Eh, señora, que no llevo nada que a usté le valga la pena ver. No se me ocurriría enseñárselo, sería un insulto.

—Pero deje que lo vea —insistió la señora Glegg, sin abandonar el aire de superioridad—. Si son piezas taradas, tal vez sean de la mejor calidad.


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