El molino de Floss
El molino de Floss —No, señora. Yo sé qué lugar me corresponde —dijo Bob, levantando el saco y echándoselo al hombro—. No quiero mostrar mi mercancÃa barata a una dama como usté. La venta ambulante ya no es lo que era: se escandalizarÃa al ver la diferencia. Señor, estoy a sus órdenes: cuando quiera nos vamos a ver a Salt.
—Todo a su debido tiempo —dijo el señor Glegg, sin ningunas ganas de cortar la conversación—. ¿Te necesitan en el muelle, Tom?
—No, señor. He dejado a Stowe en mi lugar.
—Vamos, entonces deje el fardo y muéstreme lo que lleva —dijo la señora Glegg mientras arrastraba una silla hasta la ventana y se sentaba con gran dignidad.
—No me lo pida, señora —le rogó Bob.
—No se hable más —ordenó la señora Glegg con severidad— y haga lo que le digo.