El molino de Floss

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—Señora, no deseo hacerlo, pero se hará lo que usté ordene —dijo Bob lentamente, depositando el fardo en la puerta y empezando a desatarlo con dedos remisos. Sin dejar de farfullar en las pausas entre una frase y otra, añadió—: No va a comprarme nada… sentiría que lo hiciera… Piense en las mujeres de los pueblos de por aquí, que nunca han ido a más de cien yardas de su casa… sería una pena que usté les comprara sus gangas. Pardiez, si cuando me ven organizan una fiesta… Y nunca volveré a conseguirles gangas como éstas. Ahora no tengo tiempo, porque tengo que irme a Laceham. Mire esto —añadió Bob, recobrando su rapidez habitual y sosteniendo un pañuelo de lana escarlata con una corona bordada en la esquina—: aquí tiene algo con lo que a una muchacha se le haría la boca y sólo por dos chelines. ¿Por qué? Porque tiene un agujerito de polilla en esta esquina sin bordar. Pardiez, me parece que la Providencia envió las polillas y el moho a propósito pa rebajar un poco los tejidos pa las mujeres hermosas que no tienen mucho dinero. Si no hubiera sido por eso, todos los pañuelos serían de las damas ricas y hermosas como usté, señora, a cinco chelines la pieza, ni un cuarto de penique menos. Pero ¿qué hace la polilla? ¡A ver! Se zampa tres chelines en un santiamén, y así los vendedores ambulantes como yo podemos llevar un poquito de fuego a las muchachas pobres que viven en casas oscuras. ¡Pardiez, si cuando mira uno este pañuelo tiene la sensación de que es una hoguera!


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