El molino de Floss

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Bob lo sostuvo a distancia para admirarlo bien:

—Sí, pero en esta época del año nadie quiere fuego —espetó la señora Glegg—. Deje a un lado las cosas de color y déjeme ver las telas de visillo, si tiene.

—Señora, ya le dije lo que iba a suceder —dijo Bob, arrojando a un lado las telas de colores con aire de desesperación—. Ya sabía yo que se enojaría por tener que ver estos artículos miserables que yo llevo. Aquí tiene un retal de muselina estampada pero ¿pa qué va a perder el tiempo mirándola? Es como si se dedicara a mirar lo que comen los pobres: sólo conseguiría perder el apetito. En mitad de la pieza, hay una yarda que ha quedado sin dibujo. Pardiez, si esta muselina es digna de la princesa Victoria —dijo Bob, arrojándola hacia el césped, como si quisiera apartarla de los ojos de la señora Glegg—, pero la comprará la mujer del buhonero de Fibb’s End, allí irá a parar. Diez chelines por todo, diez yardas, contando la estropeada: habría costado veinticinco chelines, ni un penique menos. Pero no diré nada más, señora; eso no es nada pa usté. Usté puede pagar tres veces más por algo que no sea ni la mitad de bueno. Y de los visillos de que hablaba usté… bien, tengo una pieza de risa…

—Traiga esa muselina —dijo la señora Glegg—. Es de color crema y tengo debilidad por ese color.


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